martes, 31 de mayo de 2011

El PRI vive en Los Pinos

El PRI vive en Los Pinos

Todos los hombres del poder parecen recurrir —en el ejercicio del poder mismo— a la máxima de Luis XIV: “El Estado (poder) soy yo”.

Ricardo Alemán

Seguramente muchos recuerdan que durante sus casi seis décadas como partido opositor, los ideólogos y dirigentes del PAN fueron severos críticos de la picaresca antidemocrática del PRI.

Los jefes azules criticaban, se burlaban y hacían mofa del tapado, del dedo, de la cargada y la bufalada; todas ellas, expresiones que sintetizaban la poderosa antidemocracia prevaleciente en el PRI. Mujeres y hombres del PAN censuraban que un solo hombre eligiera a su sucesor y cuestionaban la forma en que el jerarca en turno jugaba con los integrantes del gabinete, a quienes los azules arengaban para sacudirse la tituela del despotismo presidencial y renunciar para buscar por la libre la candidatura para la Presidencia.

Seguramente muchos se acuerdan que hace seis años Vicente Fox copió las viejas formas del PRI para seleccionar al candidato presidencial del PAN y que, gracias a esa herencia maldita —verdadera tara de la cultura antidemocrática—, pretendió imponer como sucesor a Santiago Creel, su alter ego.

Pero también es muy probable que muchos se acuerden de que en 2005, un aguerrido Felipe Calderón se dijo dispuesto a impedir que Vicente Fox resolviera la sucesión presidencial del primer gobierno azul, por la vía de los viejos métodos del PRI, y que gracias a ese arrojo, Calderón se convirtió en un inesperado candidato presidencial del PAN —tras derrotar a Santiago Creel— y luego en Presidente de los mexicanos. ¿Pero, qué creen?

Pues resulta que Felipe Calderón, el mismo al que “le daba asco el PRI”, el que cuestionaba severamente las prácticas nada democráticas del PRI, el que hace todo para no entregar el poder al PRI y el que fue víctima de la cultura priista que atrapó a Vicente Fox en 2006, hoy se comporta como el más acabado heredero —precisamente— de las prácticas priistas, en el proceso de sucesión del candidato presidencial del PAN.

¿Por qué repentinamente Felipe Calderón parece olvidar, no sólo una larga y saludable historia democrática del PAN, sino su propia historia personal en la sucesión? ¿Por qué hoy se comporta igual que todos los presidentes salidos del PRI, igual que los gobernadores del PRI, del PAN y del PRD, que en forma grosera quieren imponer a su sucesor? ¿Por qué no estimuló un ejercicio democrático como el que a él mismo le permitió participar en una feroz competencia, que terminó por llevarlo a Los Pinos?

Nadie sabe lo que está pensando Felipe Calderón en torno a la sucesión presidencial y la selección del candidato azul —claro, salvo el propio Presidente—, pero lo cierto es que podemos concluir que el problema del poder en México, del peculiar presidencialismo mexicano, es que el PRI vive dentro de la misma casa presidencial de Los Pinos. ¿Qué quiere decir eso?

Pues casi nada, que más allá de la doctrina, el discurso, los principios partidistas y los actos de fe a favor de la democracia, todos los hombres del poder parecen recurrir —en el ejercicio del poder mismo— a la máxima de Luis XIV: “El Estado (poder) soy yo”. Todos los presidentes mexicanos, sean del PRI o del PAN, pero también los gobernadores —de todos los partidos—, se enfrentan, en un momento de su respectiva gestión, al síndrome de creer que entre sus deberes como gobernantes está el de promover, empujar, designar y/o elegir, a su sucesor.

Y, claro, la lógica es que si los presidentes conocen bien lo que pasa en el cargo, si sólo ellos tienen la experiencia que da la silla presidencial, pues sólo ellos saben quién debe ser el sucesor. Y mejor si ellos lo eligen y ellos lo llevan de la mano. Paternalismo puro, hijo de la más cuestionable antidemocracia. Pero el propio Calderón ya mostró cuál es el remedio, cuando en 2005 se enfrentó y derrotó a Vicente Fox. El remedio es la insubordinación, la rebelión, la ruptura. Sólo que hay un serio problema.

En efecto, que ninguno de los presidenciables que hoy reclaman un piso rechinando de limpio —además del elegido, Ernesto Cordero— tiene la formación, las agallas, la cultura de rebeldía, las habilidades y la fuerza como para romper frente a Felipe Calderón. ¿Y por qué no tienen esas características? La respuesta es de párvulos. Porque ninguno de ellos es panista de cepa: ni Cordero ni Lujambio ni Creel ni Vázquez Mota

Y ninguno se atreverá a decirle a Calderón la palabra mágica, la que Calderón le dijo a Fox en 2005, la palabra “¡No!”

EN EL CAMINO

Ex guerrilleros y políticos de izquierda, René Arce y Víctor Hugo Círigo, hoy son aliados del priista Eruviel Ávila. ¿Así o más clara la derrota de AMLO en el Edomex?

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